Hay
un típico refrán de la villa cacereña de Las Brozas que dice lo siguiente:
En Brozas
Ni vacas, ni mozas
Y si tanto me apuras,
Ni sacristán, ni curas
Y
es un refrán que no tiene ninguna razón, salvo en la métrica de los versos,
pues hay muy buena ganadería (en algún momento hasta ganadería brava) y sus
terneros son tan apreciados que, saliendo vía puerto de Cartagena, se sacrifican
en el Líbano, país que conocí hace años, y como me informó un camionero transportista
en una de las carreteras que cruzan su amplio término municipal.
En
cuanto a las mozas, hay muy guapas y preciosas mujeres, como se puede atestiguar
yéndose a dar una vuelta por el pueblo, que es el último Conjunto Histórico Artístico,
de la región declarado por la Junta de Extremadura.
Referente
a la segunda parte de los versos, de niño he conocido a muy buenos sacristanes
y a excelentes curas. Y a lo largo de los años, Las Brozas ha dado dos obispos a
la historia de la Iglesia: Pedro Ordóñez Flores (Brozas 1560 – Bogotá 1614),
arzobispo de Santa Fe de Bogotá, y Miguel Fernando Merino y Bravo (Brozas, 1712
- Ávila, 1781) obispo de Ávila.
Lo que se pretende
con esta ponencia es un reconocimiento a todos aquellos frailes casi anónimos
que dejaron la comodidad de sus conventos y de sus familias cercanas en
Extremadura para viajar a los lugares más lejanos del mundo con el fin de
predicar el mensaje de Cristo y evangelizar a sus habitantes.
HISTORIA
DE LOS FRANCISCANOS EN FILIPINAS
Filipinas, tan
lejos de España, tuvo hasta ocho congregaciones de religiosos para cristianizar
a los indígenas. Varios siglos más tarde, esta nación es la única católica en
el Lejano Oriente.
Los primeros
franciscanos fueron solo 15 y llegaron a Manila el 2 de julio de 1577. Como no
tenían dónde dormir, se alojaron temporalmente en el convento agustino de
Intramuros, pues iban a ayudarles en la evangelización. Y en menos de un mes ya
tenían su propia residencia. Al día siguiente, bendijeron su nueva iglesia y la
pusieron bajo la protección de Nuestra Señora de los Ángeles. Con la llegada de
más frailes, el 15 de noviembre de 1586 se creó la Provincia franciscana de San
Gregorio Magno.
Al ser los
segundos en llegar a Filipinas, los franciscanos pudieron adquirir un inmueble
más decente en el extremo este de la Calle Real. Este terreno se dividió en
dos: Una parte para un hospital para los indígenas, que con el tiempo sería, el
Hospital San Juan de Dios, y la otra parte para su casa matriz. Como estos
frailes eran muy pobres y humildes, por su propia filosofía, la primera iglesia
la fabricaron con materiales pobres, a base de palos y maderas y se la
dedicaron, como se ha dicho a Nuestra Señora de los Ángeles de la Porciúncula,
y que, por desgracia, fue destruida por un enorme incendio en el año de 1583. Unos
veinte años más tarde comenzaron a construir la iglesia de piedra, que fue
inaugurada en 1602.
La zona que los franciscanos se les entregó estaba alrededor de la Laguna de Bay, el lago más grande de Filipinas, de escasos dos metros de profundidad y la península de Bicol, en el sudeste de la isla de Luzón, así como las islas de Samar y Leyte, que estaban los jesuitas. Desde su llegada hasta el final del dominio español en 1898, los franciscanos pudieron establecer y administrar 207 parroquias. En estos territorios filipinos realizaron su labor evangélica varios frailes que llegaron desde la villa de Las Brozas.






